Un alma errante se paseba por la banda izquierda del Camp Nou. Vestía la camiseta del Barça, lucía melena y cinta en el pelo. Le llamaban Ronaldinho, pero no se dejaba ver desde hacía tiempo. Había perdido la magia, olvidándose la varita en algún cajón de su casa. La historia parece que empieza a cambiar. El Camp Nou ya reconoce a su único mago, aunque sus hechizos todavía no salgan como al principio. Ronaldinho se ha puesto la chistera, el mono de trabajo y ha recuperado su arma más destructiva: su sonrisa.
Ronaldinho no es el que era, en eso estamos todos de acuerdo, pero sí empieza a vislumbrarse un poco de lo que fue. Será que la afición azulgrana se conforma con muy poco, ya que ha recuperado la ilusión con sólo tres partidos decentes de su ídolo. Sólo él lleva el 10. Sólo él es capaz de innovar sobre un terreno de juego, de reinventar el fútbol con un pase o un control. El letargo ha sido preocupante, ya que el brasileño aparecía más en Aquí hay Tomate que sobre un terreno de juego, pero la afición prefiere tener mala memoria. El crack es intocable.
En Inglaterra, el Chelsea, y en Italia, el Milan, lamentan que el jugador haga feliz a tantos con tan poco. Ellos esperaban verlo hundido, para borrar el color azulgrana de su corazón, pero la varita de Ronaldinho lleva incrustado el escudo del Barça. El brasileño volverá, o no, a ser el mejor jugador del mundo, pero está claro que el Barça debería estar agradecido por muy poco que aporte. Siempre es mejor verlo vestido con los colores de tu equipo que tenerlo enfrente. En Can Barça quieren magia y Ronaldinho está de vuelta.